Dejar el alcohol – El alcohol y el sistema nervioso
En las alteraciones provocadas por el alcohol en el sistema nervioso, podemos distinguir las que afectan al cerebro y a los nervios de aquellas que se manifiestan como alteraciones psiquiátricas.
El alcohol produce un descenso de la actividad mental una vez superado el estrecho límite de cantidad que inducía a un estímulo de esta actividad. Desciende también la facultad de crítica y la capacidad de reacción ante los problemas, grandes o pequeños, que se plantean al intelecto.
Fácilmente se comprenderán las graves consecuencias que puede traer en un periodo de la vida en el que la principal ocupación consiste en desarrollar estas capacidades con el estudio. Recientemente se han realizado investigaciones estadísticas en centros escolares y se ha comprobado que un buen número de los fracasos escolares se dan entre jóvenes que beben alcohol.
Muy importante es el efecto causado por el alcohol en el ánimo del individuo, con frecuentes cambios del humor.
Asimismo, se comprueba cómo, al relajarse por el alcohol la capacidad de juicio y raciocinio, el que bebe se convierte en un ser fácilmente influenciable por otros.
En cuanto a las manifestaciones puramente neurológicas, esto es, que no afectan a la mente, hay que resaltar la frecuente aparición de neuritis, con intenso dolor de cabeza o alguna extremidad, según el nervio que enferme. Una de las neuritis más graves es la que afecta al nervio óptico, el que recibe y transmite las imágenes percibidas por los ojos. La consecuencia de esta enfermedad, a la que también contribuye la mala alimentación crónica de los bebedores, es la pérdida definitiva e irreparable de la vista.
Todo el cerebro sufre una progresiva degeneración con el uso continuado de alcohol, y poco a poco aparecen síntomas como mareos, vértigos, dificultad para caminar y, sobre todo, para utilizar las manos en movimientos delicados o de precisión, como los necesarios para desarrollar muchas actividades cotidianas y laborales.
En ocasiones, el alcohol puede desencadenar la aparición de crisis convulsivas, como las epilépticas cuando la persona ya padecía la enfermedad pero ésta estaba controlada con fármacos.
